María Luz

María Luz Marín, enóloga: "He ido creciendo a mi manera y sin presiones"


 

María Luz Marín es la primera mujer enóloga en Chile y la primera también en fundar su propia viña. Sin embargo, si le hubiesen preguntado por el futuro a una joven Marilú —como la conocen sus cercanos—, probablemente no hubiese respondido que este sería su camino. 

Marilú no viene de una familia vinculada al mundo del vino y, al egresar del colegio, no tenía ninguna claridad respecto de lo que quería hacer profesionalmente. “Siempre fui una persona con intereses bien diversos. Cuando salí del colegio, teníamos la posibilidad de inscribirnos en cuatro carreras y, dependiendo del puntaje que obtuviéramos, nos seleccionaban para una u otra”, recuerda. “Yo me fui de vacaciones ese verano convencida de que volvía en marzo a estudiar diseño de interiores”. Pero mientras visitaba a una amiga fuera del país, su papá la llamó para que regresara a inscribirse en Agronomía. Había quedado seleccionada en esa carrera también. “Al principio no me gustó, tenía ramos de química y biología. Pero cuando tuve mis primeras clases de viticultura y del estudio de la vid, me encantó. Sentí como que algo se me había iluminado”. Así, pasó de sentarse en la última fila de los auditorios a ser de las primeras en la sala de clases. Y el vino se convirtió en su pasión.

Como mujer en un mundo de hombres, tuvo que abrirse camino. Primero, como enóloga en la Viña San Pedro, donde fue la única mujer y sacó el máximo provecho de la oportunidad que tenía por delante. “Fue un poco una revolución, porque fui la primera mujer enóloga en Chile que trabajó en el sector privado”, recuerda. Si bien conocía de dos o tres enólogas en el país, ellas trabajaban en laboratorios de universidades o del Servicio Agrícola y Ganadero. Como parte de una empresa tan grande, Marilú tuvo oportunidad de trabajar en las áreas comerciales, en los viñedos, en las bodegas y laboratorios. “Fue una escuela”, dice. 

De personalidad curiosa, fue precisamente esa característica la que se ha reflejado con más énfasis en su vida profesional y la ha llevado a tener una carrera siempre dinámica. Casi 50 años después de titularse como Agrónoma y Enóloga de la Universidad de Chile, actualmente es la fundadora de Casa Marín, una viña familiar que lleva más de 20 años en el mercado. Pero antes de crear su propio proyecto, Marilú trabajó como compradora de vinos a granel y asesoró a inversionistas y empresarios franceses e ingleses del rubro vinícola que buscaban especialistas en el área que los guiaran para ingresar al mercado chileno. A partir de esa experiencia, se dio cuenta de que podía crear algo propio. Y decidió atreverse. “Traté de buscar socios, pero a los posibles interesados les daba mucho miedo que la viña estuviese en un lugar desconocido, difícil de manejar o que el producto fuese muy caro”, explica. “Fui metiéndome sola, empecé con el proyecto y estoy muy contenta de haberlo hecho así. He ido creciendo a mi manera y sin presiones”.

En un mundo que en ese entonces aún era eminentemente masculino, Marilú notó desde el inicio de su carrera una fuerte cultura machista. “Me costaba que los hombres, sobre todo los mayores, me abrieran las puertas. Sentí durante toda mi vida profesional que para muchos era difícil aceptar que ellos no ocupaban un sitial especial”, comenta. “Creo que, en parte, también se debía a que yo era muy joven y era casi la única mujer en mi rubro. Ahora hay muchísimas mujeres y, en cierto sentido, me siento una precursora. Si bien no diría que las mujeres somos mejores, sí tenemos las mismas habilidades que un hombre para desarrollarnos en esta área”. Actualmente, Marilú ve cómo todos los ámbitos de la industria del vino han sido permeados por las mujeres. “Hay mucha mujer y mucha mujer capaz. No solamente en la parte técnica del vino, también en las áreas de marketing. Vas a otros países y las compradoras son mujeres. La mujer invadió absolutamente este nicho”, comenta.

Después de dos décadas de trabajo intenso en su viña, Marilú se siente orgullosa de haber sido una mujer pionera en su área. Ha corrido riesgos, pero también ha puesto mucha dedicación y recibido las recompensas. “Ya no tenemos que luchar por mostrar que nuestro vino es bueno. Nos instalamos y nos hemos mantenido constantes”, explica. A sus 72 años, está disfrutando no solo de haber construido una carrera que en sus inicios en el mundo del vino no tenía precedentes, sino que, además, tiene la gratificación de haber construido una marca: una viña familiar, cuya segunda generación tiene como misión mantener la calidad y el prestigio de los vinos de Casa Marín.