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Rocío Hernandez, diseñadora teatral: “Nunca me he imaginado en un lugar convencional”

Fanática de las Artes Plásticas y enamorada del Teatro, Rocío Hernández encontró en el diseño teatral un lugar apasionante para desarrollar sus capacidades. Egresada de la Universidad de Chile, se ha dedicado por más de 12 años a las artes escénicas, participando en reconocidas obras como “Hilda Peña", "Un minuto feliz” y “Estado Vegetal”. “Desde chica tuve ese ímpetu creativo: nunca me imaginé en un lugar convencional. Además, no me veía en una oficina. No lo podría haber soportado. Para mí, esto es un espacio ideal de trabajo porque es creativo y comparto con gente. Se arman buenos equipos, entonces se pasa bien”, dice. Su última producción fue “Cómo convertirse en piedra”, obra dirigida por Manuela Infante y estrenada en Matucana 100. Pero, por estos días, se prepara para el evento de lanzamiento del nuevo GLA de Mercedes-Benz, donde realizará una intervención lumínica. 

Su proceso creativo -dice- es bastante abierto. Cree que, para dar con un buen trabajo, es vital estar atenta a las sugerencias del director, aunque sabe que -a estas alturas del partido- su propuesta ya tiene una identidad que la define. “Cada proyecto me entrega un portal nuevo para poder entrar. No sé si llevo algo primero para mostrar, sino que trato de descubrir lo que la obra me quiere entregar para poder sacar mi creatividad y desarrollarla y descubrir cosas nuevas que uno instintivamente puede tener, pero que las mismas obras me dan. Uno siempre va encontrando cosas en estos proyectos. Hay algo en la luz, en el color o las formas. Hay una posibilidad que entrega cada obra como un espacio de creación”, dice. 

​​¿Por qué decidiste dedicarte al mundo del diseño teatral? ¿De dónde viene ese gusto? 

Estudié esa carrera en la Universidad de Chile. Siempre me han gustado las artes visuales y el teatro. Como no quería ser actriz, me fui por la parte plástica y estética para experimentar.

Has participado en más de 40 producciones teatrales. ¿Cómo sientes que se ha forjado tu espacio en la industria del teatro? 

Se ha ido dando porque desde que estaba en la Escuela que soy buena para trabajar. Desde segundo año ya me empecé a vincular con gente y a relacionarme con proyectos que partían de la nada, de ideas vagas. Y así se fueron levantando obras. Con el tiempo, uno se va armando un nombre dentro de un círculo que es chico, pero que te permite encontrar sintonía y así te van llamando. Siento que se dio porque me gusta mucho trabajar, más allá de que puedas ser buena o mala. Me parece que es un lugar satisfactorio para compartir ideas y descubrir cosas. Es una inquietud por querer hacer. En ese entusiasmo, nos fuimos conectando.   

¿Qué estéticas buscas retratar cuando diseñas una escenografía? 

Es difícil responderlo porque el trabajo depende de la obra. Cada proyecto me entrega un portal nuevo para poder entrar. No sé si llevo algo primero para mostrar, sino que trato de descubrir lo que la obra me quiere entregar para sacar mi creatividad, desarrollarla y descubrir cosas nuevas que uno instintivamente puede tener. Uno siempre va encontrando cosas en estos proyectos. Hay algo en la luz, en el color o las formas. En los personajes también hay estéticas que te ayudan a profundizar. Hay una posibilidad que entrega cada obra como un espacio de creación.

 Para eso es importante la figura del director, porque va dando guías de eso que se busca. Es un trabajo en equipo indisociable. Obvio que si miro mis trabajos, se ve una mano, pero no es algo consciente. Hay cosas que sí puedo percibir como miradas más conceptuales o abstractas. No soy apegada al realismo más figurativo. Pero no siento que tenga una misión de desarrollo. Ahora sí me interesa mucho el tema de la luz, y llegué a ese punto en que funciona como una cosa más autónoma, donde no necesariamente se refleja en una obra, sino que puede estar en un dispositivo independiente. 

¿Cómo es en términos prácticos este proceso de crear un espacio arriba del escenario? 

Son distintos, porque depende del director y su estilo de trabajo. Generalmente, se parte con un momento previo que es de investigación, creación de ideas o búsqueda de materiales textuales. Si es que ya existe texto dramatúrgico, se trabaja con eso, pero hay un momento de trabajo de mesa y después se hacen propuestas estéticas en relación a la escenografía o iluminación que se busca, siempre con la mirada creativa, artística y técnica. Eso es súper importante, porque es como si un pintor no supiera qué brocha usar. En ese sentido, tengo que saber -después de la investigación- qué medidas, materiales o cosas nuevas usar. Así se baja a una información técnica donde se hacen planos, que se mandan a hacer con un realizador que traduce ese concepto a la realidad. Es un trabajo en conjunto, porque él me va corrigiendo y se trabajan las soluciones técnicas. 

Además de tu trabajo en terreno, has hecho clases de diseño teatral en la Universidad de Chile, ¿Qué lecciones te llevas del trabajo con tus alumnos? 

Esa experiencia me nutrió mucho para clarificarme sobre los procesos de trabajo, porque cuando una es más chica no los tiene tan claros y los haces por hacer. Al ser docente, tienes que bajar esa información para entregarla como una guía. Eso me ayudó mucho. Y también entender las referencias de la gente joven y los modos o puntos de vista desde donde se enfrentan al trabajo. Es también es un lugar motivante. Creo que la docencia entrega mucha retroalimentación, tanto para el estudiante como para el académico.

En general, vivimos en un mundo donde no se han solucionado las inequidades de la mujer en el mundo laboral. ¿Cómo ves las brechas de género en el mundo del teatro? 

Creo que existieron mucho tiempo, aunque ahora es más amigable y consciente en ese aspecto, sobre todo desde los varones para abrir esa mirada. Para mí, ha sido un poco más fácil porque no soy actriz, entonces no trabajo con mi cuerpo. Al ser diseñadora, estoy detrás de esa puesta en escena. Pero igual sigue siendo un lugar difícil porque, en mi área, hay muchos técnicos y la mitad de ese universo son hombres. Últimamente ha ido cambiando la experiencia de ir a comprar materiales a la ferretería o enfrentarte con alguien y decirle ‘necesito esta madera’. Antes era más notorio, pero ese lugar ya no está tan subyugado, ni tampoco ligado a sentirse minimizada. Siento que en el trabajo mis compañeros me respetan y existe un lugar horizontal. Quizás eso es porque ahora estoy más grande. Pero hay mucho que decir en relación a lo que pasó antes, porque en el pasado fue bien duro.  

Hace poco, fuiste parte del elenco de la obra “Cómo convertirse en piedra”, que fue exhibida en Matucana 100 y que da cuenta de la noción del teatro post-antropocéntrico. ¿Cómo armaste esta propuesta visual?

Había trabajado con  Manuela Infante en la obra Estado Vegetal, donde profundizamos en conceptos lumínicos. Ahí apareció algo que me pareció interesante poder experimentar de manera más autónoma, que es la obra lumínica. Así que hicimos una residencia técnica para investigar más y desde ese concepto nació la idea que aplicamos en ese montaje. Nos ha ido súper bien, hemos estado con el aforo lleno y hemos girado. Ahora nos vamos a Alemania y Bélgica a presentar en teatros grandes y festivales. La obra tiene mucho futuro.

Vas a participar en el lanzamiento del nuevo GLA de Mercedes. ¿En qué consiste tu trabajo en este proyecto? 

Mercedes-Benz estaba buscando un espacio y encontró NAVE, que es un centro de experimentación donde trabajan muchos artistas. Desde ahí nos propusieron porque habíamos estado dos veces trabajando con la iluminación y el espacio, así que ideamos un dispositivo que, con los autos de la marca, permite vivir una experiencia inmersiva de luz y espacio, con la idea que la luz es algo que nos rodea y está en todos lados.